La oficina
La pantalla principal. Una sala en pixel art con una mesa por puesto. Desde ahí se conversa con quien haga falta, se ve quién trabaja y se entra a todo lo demás.
Cómo funciona
Organtia no es una caja única: son piezas que se corresponden con las de una empresa real. Esto es lo que hay en cada una y para qué sirve.
Arriba está la dirección: un CEO digital que responde de la empresa entera, recibe lo que llega de fuera y reparte el trabajo. Debajo, los puestos. Cada uno tiene su oficio, su misión y su límite.
Un puesto puede pedir ayuda a otro, pero no puede gastar el presupuesto de otro ni tomar una decisión que no le toca. Si hace falta permiso, se pide y alguien lo da o lo niega, con su nombre.
Diez sitios, cada uno con una pregunta que responde. Ninguno es un cajón: todo lo que se ve se puede abrir.
La pantalla principal. Una sala en pixel art con una mesa por puesto. Desde ahí se conversa con quien haga falta, se ve quién trabaja y se entra a todo lo demás.
Lo que está pasando: encargos en curso, los que esperan tu respuesta y los que han terminado. Es la lista de la compra del día.
Quién hay, de quién depende cada uno y quién puede mandar a quién. El organigrama se puede dibujar como el de una empresa de verdad.
Los perfiles: qué sabe hacer un puesto, con qué herramientas, con qué instrucciones y con qué límites de gasto.
Cuando el trabajo se agrupa: un cliente, una obra, un lanzamiento. Los encargos se cuelgan del proyecto y se ve el avance junto.
Lo que el equipo produce y lo que tú subes. Se puede leer dentro, buscar, y lo que hay que firmar se firma.
Con qué cerebro trabaja cada puesto y cuánto cuesta. Se cambia por puesto, sin tocar el resto.
Las herramientas de fuera: correo, web, servicios. Cada puesto usa solo los que se le han dado.
El trabajo que se repite: se pide una vez, se aprueba una vez y se ejecuta solo, con aviso si falla.
El plan de la empresa: hacia dónde va y qué se ha decidido. El equipo lo tiene a la vista para no trabajar en contra.
Es la unidad de trabajo. Se escribe lo que se necesita, se elige a quién, y el puesto lo hace. Puede tardar minutos o quedarse esperando tu aprobación; en ambos casos se ve en la lista de trabajo.
Al terminar, el encargo no es una frase: es una entrega. Con los documentos que ha tocado, las herramientas que ha usado y lo que ha costado.
Hay una línea: lo que se puede deshacer, el puesto lo hace; lo que cuesta dinero o sale de la empresa, no. Eso te llega a ti o a la dirección, con el detalle de lo que va a pasar, y hasta que alguien firma, no pasa.
La misma regla vale para los crones: un puesto puede pedir su tarea periódica, pero si no es suya, no empieza hasta que se aprueba.
Todo lo que ocurre se apunta: quién lo pidió, quién lo aprobó, qué puesto lo hizo, con qué modelo, cuántas veces y cuánto costó. El registro se lee entero y no se puede reescribir. Si algún día hay que explicar una decisión, está ahí.
Cada puesto tiene techo de gasto y cada encargo deja su consumo. No hay factura sorpresa.
Se puede ver qué instrucciones tiene un puesto, qué herramientas y qué modelo usa.
Las decisiones las firma alguien. No hay acciones anónimas dentro de la empresa.